En estos tiempos de crisis el profesor Brandon, reflexiona:«El principal apoyo a la idea de que debemos apretarnos el cinturón procede de gente que lleva tirantes»
Cuando el bueno de don Layo era joven, en la base aérea donde hacia su servicio militar, un pase para el fin de semana significaba unirse a una gran masa de soldados que hacían auto-stop hasta la ciudad más cercana.
El profesor Brandon no quitaba los ojos de encima a su alumno Quisbert, que jugaba en el patio del colegio en la hora del recreo. El niño miraba al suelo atentamente, como si buscase algo. De repente, se tumbó todo lo largo que era sobre el suelo.
El avión tenía tres pasajeros; un boy scout, el bueno de don Layo y el hombre más sabio de Inglaterra. De pronto, el piloto anunció la inminencia de un accidente fatal. «Por desgracia», añadió, «sólo disponemos de tres paracaídas. Yo he de usar uno de ellos a fin de poder informar sobre el suceso».
El bueno de don Layo cuando iba a ser operado en el hospital, recibió la visita del anestesista para explicarle los preparativos y responder a cualquier pregunta que el deseara formularle. Luego de presentarse, el enfermo dijo:
El profesor Layo Brandon, en su clase de Música pidió a su alumno Quisbert, que interpretara el poema siguiente:
El ya anciano padre del bueno de don Layo, que era aún más buen, fue al médico y éste le dijo:
El padre del bueno de don Layo que era aún más bueno, un buen día después del almuerzo se quejo de indigestión. Su nuera la señora Yola, que siempre estaba preparada para tales casos, le ofreció unas pastillas.
Cuando el bueno de don Layo tenía apenas veinte años y, anunció que se casaría al amanecer y en el jardín de su casa, las protestas de sus padres fueron casi unánimes. Aquello no estaba bien; las normas de etiqueta social no lo aprobaban; era demasiado temprano. ¿Qué diría la gente? ¡Locuras de juventud! Pero no hubo maneras de disuadir al joven novio ni menos a la novia, la señorita Yola. Imagínense aquel fresco amanecer. El rocío aún humedecía la hierba. El altar rebosaba de flores. Reinaba el silencio entre la escasa y entumecida concurrencia. El sacerdote acababa de pronunciar las últimas palabras sagradas uniendo de por vida a los dos jóvenes. Entonces, la pareja dio media vuelta hacia el horizonte, y el Sol escogió ese preciso instante para asomarse tras una colina y baño con sus primeros rayos los dos rostros radiantes y enamorados. ¿Quién dijo “locuras de juventud”?
En sus años de Universidad, el bueno de don Layo y su compañera de estudios fueron a un barrio periférico de la ciudad que se encontraba junto a un rio, en busca de un anfibio para la clase de Biología. Y se toparon con una escena insólita:
Mario Quisbert pese a vivir en una zona en su mayoría católica, un ‘hermano evangelista’ no desistía de su labor como instructor de los Boy Scouts del barrio. Un día, Mario llego tarde a la clase de primeros auxilios. El ‘hermano’ sostenía en brazos a uno de los niños y decía; «Bueno, ya le hemos extraído el objeto de la garganta, pero todavía no respira. ¿Qué hacemos?». Nadie contestó. Repitió la pregunta sin obtener respuesta. Cuando, casi suplicante, pidió por tercera vez que le contestaran, se oyó la voz de Mario muy suave que repondría preguntando: «¿Llamamos al cura?»
En casa del bueno de don Layo.
Un padre de familia, de visita en el colegio observaba a los niños en el patio a la hora del recreo. Cuando vio un par de chiquillos de unos diez años que se peleaban en el suelo. Un círculo de amigos les jaleaba. El profesor Brandon que pasaba junto a ellos dijo algo, e inmediatamente los chicos se separaron y el grupo se alejó entre risas. Aquello impresionó al visitante, tanto que detuvo al profesor y le preguntó qué había sucedido. Él le contestó: «Uno de los niños, que miraban se volvió hacia mí y dijo: ‘¡Vaya pelea! Yo observé a los muchachos y comenté en voz alta: ‘¿Pelea? ¡Daba la impresión de que se estaban besando!’» «Nunca falla», continuó. «A ningún chico de diez años le gusta dar la impresión de que está besando algo».
Una amiga del bueno de don Layo estaba a punto de dar a luz a su primer hijo. Al ver que los dolores del parto eran cada vez más fuetes y frecuentes, preguntó al bueno de su amigo antes que a su enfermera:
El profesor Layo Brandon en su clase de Bellas Artes, examinaba la deficiente pintura de su alumno apellidado Quisbert, que representaba un rio y su ladera, entonces el profesor le sugirió que mejorara su composición añadiéndole uno o dos pescadores, convenientemente situados. No tardó el alumno en reclinarse en su asiento, satisfecho, tras haber terminado su trabajo. El pícaro había disimulado muy ingeniosamente su incapacidad para pintar figuras humanas agregando, a la orilla del rio, un letrero que advertía: «PROHIBIDO PESCAR».
En los últimos años, el bueno de don Layo, ha procurado que su familia se alimente de un modo más sano. Su hija Yolita a menudo expresa su disgusto por ese motivo. Una tarde, cuando don Layo volvió del supermercado, su hija empezó a sacar las cosas de las bolsas. « ¡No, por favor!», dijo al tiempo que mostraba en alto unas servilletas de papel color tierra. « ¡Servilletas de cereal integral, no!».
Alumno del profesor Brandon, Mario Quisbert que empezaba a salir con chicas, le preguntó a su profesor por su mayor experiencia:
Me llamo igual que mi padre: Layo, Layo Brandon. Una tarde, sonó el teléfono y alguien pidió hablar con don Layo.
En un recital poético organizado por el profesor Brandon, para descubrir talentos en composición y declamación, el travieso de su alumno Quisbert recitó un poema plagiado. El profesor Brandon le felicitó y, dirigiéndose al público, declaró: «Amigos, nos ha sorprendido agradablemente que un gran poeta, recientemente desaparecido, se haya presentado ante nosotros disfrazado. Acaban de oírle recitar su más celebrado poema».
Quisbert, Mario Quisbert tenía muchísima caspa. Había recurrido a todos los remedios imaginables, pero ninguno le daba resultado. Por último, junto a su madre y desesperado, consulto con cuatro peluqueros el mismo día.
El padre del bueno de don Layo, que era aún más bueno, era dueño de una bodega. Cierto día, fue a buscar a uno de sus empleados, a Mario Quisbert que en sus vacaciones escolares trabajaba de ayudante, y gritó:
El profesor Layo Brandon, conocedor de ciencias y mucho más, iba una tarde por la calle cuando inesperadamente con el bordillo de la acera tropezó y cayó de bruces.
La esposa del bueno de don Layo, la señora Yola, pregunta:
La esposa del bueno de don Layo, la señora Yola, pregunta:
El apuesto e inteligente Mario Quisbert – dejando de lado su timidez – se sentó al lado de una guapa muchacha en el patio del colegio a la hora del recreo. Nunca habían hablado de nada en particular, y le impresionó su cordialidad. Al volver a sus aulas, le habló de su pequeño escondite secreto en el jardín de su casa, para su sorpresa, le preguntó si le gustaría pasar allí la tarde del sábado próximo. «Sólo nosotros dos, en secreto, dueños de mi jardín y el mundo…» Aquello parecía muy romántico, pero demasiado rápido para la chiquilla. Le dijo, pues, que tendría que pensarlo. Corrió a su mesa y no pudo dejar de contarle todo a su compañera. « ¡Yo creo que tienes que ir!», le dijo. « ¡Se llevará una gran decepción si las dos rechazamos su invitación!».
El profesor Layo Brandon goza fama de ser muy bueno fuera del colegio y también de ser muy estricto dentro. Cierto día, dos de sus alumnos se referían a uno de sus exámenes.
Durante uno de los más memorables enfados habidos entre el bueno de don Layo y su esposa la señora Yola, ella se levantó de la silla, cogió dos hojas de papel y dijo: «Hagamos, cada uno, una lista de lo que no nos gusta del otro».
Quisbert, Mario Quisbert a punto de cumplir un año más adentrándose también más en la adolescencia, a él su madre le preguntó que qué le gustaría para ese día especial. El le respondió que ‘un mundo en el que reinara la paz’. Pero luego, se quedó atónito cuando vio que su equipo de música había sido retirado de su habitación.
En una tienda de lencería, el bueno de don Layo quería comprar un camisón para regalárselo a su esposa, decía a la vendedora que la tela debía ser suave. Aquella le enseñó un bonito modelo con cuello de encaje. Don Layo tocó la tela y, señalando el encaje, preguntó:
Una mañana, cuando el bueno de don Layo iba en su moto a su trabajo, un policía que circulaba delante de él se saltó un semáforo en rojo. El hizo exactamente lo mismo, y el agente le indicó inmediatamente que se detuviera junto a la acera. Antes de que pudiera sacar el talonario de multas, le dijo: «Lo siento, agente, me he limitado a seguir a la ley». El poli sonrió y le hizo ademán de seguir su camino.
El bueno de don Layo, durante un vuelo de São Paolo a Madrid, ocupó el asiento contiguo al de un desagradable pasajero que se pasó la mayor parte del tiempo molestando a un auxiliar de vuelo, el cual satisfacía rápidamente cada exigencia de aquél. En cierto momento, su indeseable vecino de asiento le dijo al auxiliar:
Todas las noches, después de que sus padres se durmieran, Mario Quisbert el travieso iba de puntillas a la sala de estar y llamaba por teléfono al azar a distintas personas, hasta que se aburría y se quedaba dormido.
Un alumno del primer curso de primaria cortó de su jardín una enorme rosa roja para llevársela a su maestra. Soplaba un viento muy fuerte, y al dirigirse al bus-escolar que esperaba, las ráfagas le fueron arrancando los pétalos uno a uno. Cuando con expresión de tristeza subió al vehículo, no le quedaban más que un tallo con uno o dos pétalos. El bueno de don Layo que conducía el bus-escolar, hizo después una parada imprevista. Los alumnos le vieron acercarse y luego hablar con alguien a la puerta de una casa. Y a su regreso puso en manos del chiquillo una rosa aún más hermosa, cortada con permiso de su dueño.